Comunicado de la Alianza Evangélica Española ante la sentencia del procés

15 de octubre de 2019

En una democracia el poder judicial debe ser independiente, pero sus sentencias son, sin duda opinables, como cualquier resolución de una entidad del estado democrático. Sin embargo, como Alianza Evangélica no vamos a hacer una valoración de la reciente sentencia sobre políticos catalanes, porque siempre nos esforzamos por recoger el sentir general y representativo del pueblo evangélico, y en este tema las posiciones son ciertamente diversas y dispares. Esta disparidad es preocupante, porque, como pueblo de Dios, deberíamos ser capaces de ofrecer un entorno en el que abordar la cuestión catalana de forma constructiva desde unos criterios básicos de procedimiento compartidos.

En un momento difícil como este, proponemos algunas claves que pueden ayudar a construir ese consenso básico en la comunidad evangélica, como un modelo de trabajo para ofrecer a la sociedad.

La ley –y especialmente la Constitución– sirven para poner por escrito los consensos sociales. Los acuerdos y las decisiones políticas sirven para poner en práctica esos acuerdos y promover su desarrollo. Lo primero es lo primero, y este es el consenso social; sin él las decisiones políticas no son eficaces, y mucho menos podemos reclamar al poder judicial que resuelva desencuentros que llegan al fondo de los corazones; la historia muestra que a veces, incluso, los exacerban.

Aparcar la tarea de la reconciliación y el entendimiento entre personas y comunidades es construir sobre la arena. Por tanto, queda ahora un arduo trabajo por delante, que requiere de ciudadanos y políticos de altura que sepan construir en donde se ha destruido, escuchar en donde se han cerrado los oídos, comprender en donde se ha impuesto la visceralidad y la estigmatización del otro.

No perdamos la perspectiva: ninguna medida será eficaz si no afrontamos con valentía, inteligencia y generosidad la tarea de la construcción en primer lugar de la reconciliación de las partes y en segundo lugar del acuerdo social. Es inútil cerrar los ojos ante la evidencia de que asistimos a un conflicto entre personas y comunidades, y los evangélicos deberíamos saber afrontar este tipo de conflictos.

Para empezar hay que preguntarse: ¿Qué hemos hecho para llegar aquí? ¿Y qué hemos dejado de hacer? ¿Qué nos ha quedado pendiente, sin aclarar, sin encajar? ¿Qué dejó sin resolver la transición? ¿Por qué muchos catalanes se quieren ir? ¿Qué quieren la mayoría de los españoles? ¿Qué proyecto de país desean? ¿Cuál es el lugar de los elementos de identidad nacional en ese proyecto? A los evangélicos no nos deberían asustar estas preguntas, porque son reales e inevitables, tanto como las cuestiones semejantes que la transición dejó sin contestar en el entorno de la libertad religiosa.

Estas preguntas, y otras similares, no son fáciles siquiera de sentarse a escuchar, pero son imprescindibles para empezar a hablar para, a partir de ahí, tomar la decisión de comprender y tener la valentía e inteligencia para consensuar. Si no las afrontamos y resolvemos desde un talante abierto y constructivo, más pronto que tarde volverán, pero con más grietas y heridas por medio y, por tanto, con más dificultades para la resolución. No dejemos este tema para la próxima generación.

La forma en la que la Iglesia primitiva abordó y procesó los primeros conflictos entre grupos puede ser un buen modelo de trabajo: así, el concilio en Jerusalén reconoció las diferencias de perspectiva y sensibilidad, sin estigmatizar a nadie; abrió un entorno en el que todos pudiesen expresarse abiertamente, escuchó propuestas de resolución, construyó con trabajo y constancia un consenso y finalmente lo puso por escrito. La decisión escrita no fue el principio de la resolución, sino su final. Nos queda, por tanto, un largo trayecto para trabajar.

No queremos quedarnos en los brindis al sol; nos comprometemos con nuestra propuesta y, por tanto, como Alianza iniciamos los trabajos para convocar un encuentro de evangélicos de variadas sensibilidades para sentarnos, orar, escucharnos y comprendernos unos a otros, encontrar instrumentos de procesamiento de las diferencias y poner por escrito una propuesta de modelo de abordaje y tratamiento del presente conflicto.



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