Inmigración

Creemos en un Dios que se define así mismo como el defensor de toda criatura humana y especialmente de los débiles (1). En este sentido, la defensa de aquellas personas que han tenido que emigrar de sus países -ya sea por causas económicas, políticas, religiosas o sociales- es tarea de todos aquellos que nos proclamamos seguidores de Jesucristo y un deber para cualquier sociedad justa. Una de las mejores formas de medir el nivel de progreso humano de una sociedad es observar cómo ésta trata a los más desprotegidos.

La xenofobia se fundamenta sobre el temor al extranjero. Todo lo que es extraño puede producir temor, y el temor acaba manifestándose en agresividad. Es por ello esencial hacer un llamamiento al comportamiento reflexivo, a racionalizar nuestros miedos, a contrastar los datos sin tergiversarlos a favor de posturas oportunistas o populistas, que inducen a posiciones hostiles hacia los inmigrantes.

Por todo ello hacemos un llamamiento a la clase política de nuestro país a no utilizar públicamente la inmigración como fuente de incremento de sus expectativas políticas. Pedimos una renuncia expresa a distorsionar los datos con estadísticas parciales, que mostrando una parte de la realidad ocultan la otra deliberadamente.

Las posturas  frente a la inmigración deben traducirse en textos legales que deben ir en la dirección de equiparar los derechos y deberes de los inmigrantes con los de los nacionales. Es así porque los derechos y deberes de las personas no dependen de la nacionalidad o del lugar de nacimiento, sino que les pertenecen por su propia cualidad de seres humanos. La Biblia expresa (2) que “el extranjero que resida entre vosotros será como un nacido entre vosotros”.

Propugnamos que se garantice expresamente el derecho de asilo a todos aquellos cuya vida o derechos fundamentales corren serio peligro en su país de procedencia.

Queremos estimular a la sociedad en general y a la Iglesia Evangélica en particular a convertirse aún más en comunidades de acogida. Por su naturaleza y vocación, las iglesias evangélicas están llamadas a ser lugar de cobijo para los más débiles, entre ellos el extranjero, tal y como vienen desarrollando hasta el presente.

Consideramos necesario un cambio en la cultura de nuestra sociedad para ver a la inmigración no sólo como fuente de problemas sino también de riqueza, tanto en lo económico, como en lo social.  Denunciamos la explotación de la mano de obra ilegal y barata de la que son objeto los inmigrantes, lo cual constituye una nueva forma de esclavitud. Es importante encontrar el léxico correcto para referirnos a los inmigrantes, ya que un determinado vocabulario (“personas ilegales”, “sin papeles”, etc.) presupone a menudo la expresión de un prejuicio que predispone negativamente.

Reconocemos como muy valiosa la aportación espiritual que las personas extranjeras han tenido – y siguen teniendo – sobre el conjunto de la sociedad española y en especial en las iglesias evangélicas.

Entendemos la necesidad de los estados de regular los flujos migratorios y la política de fronteras.  Reconocemos  que  se  debe  evitar  que  los  flujos  de  entrada  superen  la capacidad de recepción de la sociedad de acogida; ya que si no podría llegarse a la situación en la que la sociedad receptora no pudiera garantizar los derechos ni de los nacionales, ni de los recién llegados.

Consideramos importante que los inmigrantes asuman la necesidad de integrarse socialmente en el país de acogida y así evitar la formación de guettos culturales, sin que ello suponga un menoscabo para su identidad. Una verdadera sociedad de acogida será aquella que facilite al máximo este proceso de integración.

  1. Salmo 68:5
  2. Levítico 19:34

Alianza Evangélica Española



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